Cuando era chica, sentía curiosidad, como todos los otros niños, por aquellas extrañas letritas que los adultos veían y cuyo significado yo era incapáz de comprender. Todas las noches, pedía a mi madre que me leyera antes de dormir, aunque era más para escuchar el sonido de su voz y sentir su compañía que por los cuentos para niños que me leía conmigo sentada a su lado en la cama de mis padres. (Mi madre rara vez me leía en mi cuarto pues mi cama era elevada)
Aquello era la rutina de todos los días, o al menos tan seguido como era posible para mí, incluso después de que yo aprendiera a leer, habilidad que adquirí a joven edad. Me gustaba a tal grado aquella simple compañía que cuando mi madre se quejaba de haber leído demasiadas veces las historias que teníamos en la casa, yo le llevaba la enciclopedia para que me la leyera.
Aquella fué la razón, principalmente, de que desde pequeña yo tuviese muchos libros de cuentos.
Leer no se volvió para mí una pasión hasta eso de los ocho, nueve años. Mi madre y yo esperabamos, con la lluvia a unos pasos de nosotras, refugiadas en el portal de un restaurante, a mi padre que llegaría con un Taxi a recogernos para que no nos mojásemos. Al voltear hacia el escaparate que estaba a mi izquierda, ví tres títulos de una colección de libros para niños. Recuerdo que lo que los volvió, a mi ver, tan interesantes, fueron los colores. Verde, Amarillo, Naranja, y los dibujos. Lucían... no sé como decirlo... Apetitosos.
Recuerdo que en ese momento pensé que esos libros tenían que ser míos. Así que se los mostré a mi madre y dije una mentira que jamás olvidaré. Aseguré que me los habían recomendado y que llevaba mucho tiempo buscándolos.
Desde ese momento, cada que entraba en una tienda, la registraba con la mirada en busca de aquellos apetitosos libros. Hasta que un día, los encontré. Corrí hacia el anaquel donde estaban expuestos y aquella misma noche, me hice con uno de ellos.
Esa noche, de vuelta en casa, tumbada en mi cama (nos habíamos mudado, así que ahora tenía una cama baja donde mi madre podía sentarse cómodamente) pedí a mi mamá me leyera aquél libro. Ella aseguró que sólo sería un pedazo pequeño y se sentó a mis pies a leer.
En un principio fué tan aburrido como todos los libros de cuentos que había leído hasta entonces. Sin embargo, una pequeña diferencía había entre éste y los otros, y era que lo comprendía. Lo comprendía bien y casi del todo, mucho mejor que los otros cuentos para niños.
Y al terminar el primer capítulo, una sorpresa mayúscula me hizo abrir los ojos como lechuza al escuchar lo que había pasado en la historia.
Mi madre terminó allí su lectura de aquella noche. Pero al día siguiente, yo tardé menos en tomar el libro para leer de lo que tarda uno en dar un parpadeo.
Debo agredecerle mucho a aquél libro, pues desde entonces, no he podido dejar de leer.
Besazos.
Anna
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